lunes, 11 de diciembre de 2017

La Rusia contemporánea y el mundo. Entre la rusofobia y la rusofilia, Carlos Taibo

Con una prolífica obra en su haber, buena parte de la producción académica del profesor Carlos Taibo se ocupa de la antigua Unión Soviética, Rusia contemporánea, además de Europa central y oriental.  Sus trabajos son un referente en este área de estudios.
 
Así lo avalan sus numerosos títulos entre los que, sin ánimo exhaustivo, cabe mencionar La Unión Soviética de Gorbachov (1989), La disolución de la URSS (1994), La Rusia de Yeltsin (1995), Las transiciones en Europa central y oriental: ¿copias en papel carbón? (1998),  Para entender el conflicto de Kosova (1999), El conflicto de Chechenia (2000), La desintegración de Yugoslavia (2000), La explosión soviética (2000), Rusia en la era de Putin (2006), Historia de la Unión Soviética (1917-1991) (2010) y, entre otros, Rusia frente a Ucrania (2014).
 
En esta fecunda línea de trabajo e investigación, se ubica su nueva entrega sobre La Rusia contemporánea y el mundo. Después de abordar en el primer capítulo los principales rasgos políticos, económicos y sociales que caracterizan la Rusia postsoviética, el autor se adentra en los capítulos restantes en los diferentes aspectos de la proyección internacional de Moscú, eje central de la obra.
 
Pese a que la nueva Rusia (1991) heredó de la desaparecida Unión Soviética (1917-1991) su condición de miembro permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU, lo cierto es que su poder e influencia en el mundo declinó de manera considerable. Así se evidenció, en un primer momento, con la subordinación de su política exterior a la dinámica de las potencias occidentales y, en particular, estadounidense durante el tándem formado por el presidente Boris Yeltsin y el ministro de Exterior Andréi Kóziriev (1991-1995).  
 
El reemplazo del mencionado titular de exteriores por Yevgueni Primakov (1996-1999) implicó una política exterior “más independiente”, “propia” y, en suma, asertiva. No obstante, las enormes dificultades internas (económicas, principalmente) y la dependencia de las instituciones económicas internacionales parecieron rebajar la tensión entre Rusia y las potencias occidentales a raíz de “los bombardeos de la OTAN sobre Serbia y Montenegro”.
 
A su vez, el ascenso de Putin al poder (2000) coincide con una significativa subida de los precios del petróleo y el gas  natural que, como apunta  el profesor Taibo, no fue ajena a la proyección exterior de Rusia. Si bien durante buena parte de sus dos primeros mandatos (2000-2004 y 2004-2008), las relaciones con Estados Unidos y la Unión Europea fueron cordiales, las discrepancias e incluso la tensión no dejaron de aflorar a partir de 2007.
 
Lejos de cualquier compensación, la cooperación rusa se vio menospreciada por la creciente ampliación de la OTAN hacia sus fronteras con la consecuente percepción en Moscú de sufrir un paulatino cerco. A lo que se sumó la respuesta unilateral y militarista de Washington a los atentados del 11-S con la intervención en Afganistán (2011) y la más contestada en Irak (2003); además de las denominadas revoluciones de colores en Georgia (2003), Ucrania (2004) y Kirguistán (2005); y, en suma, la apuesta hegemónica estadounidense en el sistema internacional.
 
En este contexto, Carlos Taibo analiza las relaciones de “cooperación y conflicto” de Rusia en los siguientes escenarios geográficos: en el denominado “extranjero cercano europeo” (Ucrania, Bielorrusia, Moldavia, Transnistria, Kaliningrado y el Báltico); el Cáucaso (Armenia, Azerbaiyán y Georgia); Asia central (Kazajstán, Kirguistán, Tayikistán, Turkmenistán y Uzbekistán); el Ártico; Oriente Próximo y Medio (Libia, Siria, Israel, Irán y Turquía); el lejano Oriente (China, Japón, las dos Coreas e India); además de una escueta referencia al África Subsahariana y América Latina.  
 
Del mismo modo, el autor aborda las organizaciones internacionales promovidas por Rusia, en concreto, la Comunidad de Estados Independientes (CEI), la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC), la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS), la Unión Económica Euroasiática (UEE) y el grupo de los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica).
 
En esta misma línea, analiza los fundamentos de la política exterior rusa, haciéndose eco de algunas controversias en torno al euroasianismo (de tintes conservadores), la lógica imperial  (más reactiva o defensiva que proactiva u ofensiva) y si se asiste o no a una nueva guerra fría (metáfora un tanto abusiva que, entiende, parece empañar más que aclarar la naturaleza de las relaciones y disparidad de poder entre Estados Unidos y Rusia).
 
Por último, el autor se adentra en el laberinto de las percepciones, esto es, de la rusofobia y rusofilia, dando cuenta de las pasiones encontradas que suscitan ambas visiones, muy escoradas en los extremos “ideológicos-emocionales”. Un tema que, además de ocupar el subtítulo de la obra, llama la atención la coincidencia, desde ángulos opuestos, de una “rusofilia de derechas y de izquierdas”.
 
Finalmente, en el balance que realiza al concluir el texto, recuerda el peso que ha tenido la geografía y el clima en la historia de Rusia e incluso en la configuración de sus diferentes sistemas políticos, al mismo tiempo que advierte sobre la debilidad de su poder. Más allá de las apariencias, considera que Putin carece de un “proyecto claro” y de suficiente “autonomía de decisión” al estar sujeto tanto a importantes presiones internas (oligarcas, dirigentes de repúblicas y regiones, militares, formaciones nacionalistas e Iglesia ortodoxa) como externas (fuerzas económicas, principalmente).
 
Sin menospreciar el entorno inestable y conflictivo en el que Moscú tiene que hacer frente  a diferentes desafíos. No de los menos importantes es el control de los territorios limítrofes y, en general, del espacio postsoviético y área de su tradicional influencia. En concreto, Rusia apuesta por una política claramente antihegemónica, esfuerzo del que no puede valerse por sí sola y, en consecuencia, requiere del contrapeso que puedan ejercer otras potencias regionales y mundiales.
 
Carlos Taibo no considera que Rusia sea un “patrón de moralidad y eficiencia” en materia “política, económica y social”. Si embargo, semejante afirmación no implica un “lavado de cara” de los sistemas occidentales sobre los que se expresa igualmente crítico. Dicho con sus propias palabras, que cierran este recomendable obra:
 
“Parece que tenían toda la razón quienes, en los años iniciales de la vida de la Rusia independiente, a principios de la década de 1990, cayeron en la cuenta de que todo lo que la propaganda soviética afirmaba sobre la URSS era mentira, pero, desgraciadamente, todo lo que esa misma propaganda aducía sobre las miserias del capitalismo occidental era verdad”.

Luis Pastor «¿Qué fue de los cantautores?

En las navidades del año pasado, Luis Pastor (1952) se cortó un tendón de la mano izquierda mientras cortaba jamón. La lesión le impidió tocar la guitarra durante un tiempo, así que decidió emprender un proyecto que había aparcado en el lugar de los «algún día». Se trataba de poner su vida por escrito, de retratar esa existencia −la suya y la de «millones de españoles»− que vivió el éxodo masivo de los años sesenta, en los que muchos se fueron al extranjero y otros se buscaron el sustento en las grandes ciudades. El único camino que encontró para el relato fue el del verso, que es en realidad el mismo que lleva recorriendo más de cuarenta años, desde que en 1972 dejó su trabajo en una compañía de seguros para dedicarse por entero a la música. Con ese pulso de rapsoda ha escrito «¿Qué fue de los cantautores?» (Capitán Swing & Nórdica Libros), unas memorias en octosílabos que cincelan el pasado a golpe de imágenes.

«Yo no hubiese sido capaz de escribir mi biografía en prosa», sostiene entre risas durante la comida de presentación de la obra. Siguió el ejemplo de José Hernández y su «Gaucho Martín Fierro» y de Violeta Parra, que fijó en décimas buena parte de sus vivencias. Su formación, en efecto, viene del verso y es autodidacta, pues Pastor abandonó muy pronto las aulas para trabajar, aunque no le pesa aquel evento. «Estaba más contento que yendo a la escuela, me sentía un hombre que ayudaba a su familia», recuerda. Toda esa infancia, aunque dura, ya solo tiene forma de felicidad: el paso del tiempo ha terminado por dibujar aquellos años como una suerte de paraíso. «Que la memoria es feliz / si la niñez se recuerda. / Y si tiras de la cuerda, / las campanas tocarán / cantos de felicidad / de aquella vida tan perra», anota en una de las primeras estrofas del libro.

Más que nostálgica, el alma de este extenso poema es orgullosa. Hay mucha reivindicación de la canción protesta y de los cantautores que a través de ese género «cambiaron mentalidades» y que, además, fueron un gran negocio para la industria. Esos artistas −critica el músico− que han intentado ser «borrados de la historia» a pesar de que lograron agitar el panorama cultural de un tiempo donde la censura era la norma. Luego los desaparecieron y el pop, explica, se lo comió todo: «A principios de los 80 ser cantautor era sinónimo de coñazo». En verso se expresa mejor, Pastor: «La democracia es la pera. / Cantautor, a tus trincheras / con corona de laurel / y distintivo de honor / pero no des más la lata, / que tu verso no arrebata / y tu tiempo ya pasó».

Sol negro. Depresión y melancolía”, de Julia Kristeva

Treinta años después de su publicación original (1978), la editorial Wunderkammer nos presenta una revisión de Sol negro. Depresión y melancolía, tal vez uno de los textos más conocidos de la filósofa y psicoanalista Julia Kristeva (Bulgaria, 1941). Sol negro es uno de esos textos que pueden hacer que pases una noche en vela: el análisis que propone de la tristeza es punzante, los ejemplos clínicos de depresión femenina pueblan de imágenes terribles los intentos de conciliar el sueño. Sol negro alcanza lo íntimamente personal, y quizá esto sea lo que lo hace más significativo. Tener de nuevo el libro entre mis manos me daba miedo por dos razones radicalmente opuestas: me asustaba la idea de que me afectara del mismo modo que lo hizo la primera vez, pero aún temía más que me decepcionara y no superase la barrera de las circunstancias. No ha sido el caso. Un segundo acercamiento –y tal vez ese sea el sentido de realizar la revisión de un texto– permite hacer una lectura más madura del mismo y muestra que sigue igual de actual y vigente que la primera vez que fue publicado.

Kristeva es consciente de lo que el tiempo puede hacerle a un texto que, a fin de cuentas, propone un análisis de la cultura y la sociedad occidental –y Sol negro así lo hace– y por ello incluye en esta edición un prólogo, «SMS a los lectores españoles» redactado específicamente para su publicación en 2017, en el que comenta: «En realidad yo nunca había cerrado este libro (…) Las conferencias en Europa, América o Asia, las traducciones a numerosos idiomas me convencen de la persistente actualidad de este Sol negro, y continúo afinando la elucidación que propongo a aquellos a los que ha abrasado».

Pero ¿en qué consiste ese «sol negro» al que Kristeva se refiere y qué relación tiene con la depresión y la melancolía? La obra original ofrece rápidamente una respuesta en las primeras páginas: es un «abismo de tristeza, de un dolor incomunicable que nos absorbe a veces hasta hacernos perder el yo». A lo largo de los dos primeros capítulos del texto, la autora traza el recorrido de una tristeza «caníbal» y de sus relaciones con la sociedad occidental y el pensamiento, caracterizándola como el reverso de la pasión amorosa o «el rostro oculto de Narciso», un Narciso que está condenado a buscar el objeto perdido de su amor –lo materno, lo Otro– a través de la imaginación y la palabra. La pérdida del objeto de deseo –el hecho de no poder tener todo lo que queremos siempre, la separación de lo que amamos, primeramente la madre–, y el «duelo» por esta circunstancia generan una salida compensatoria o una agresividad hacia uno mismo que se transforma en melancolía. Así, según la descripción de Kristeva, el depresivo es «un amante herido», cautivo de su propio afecto por una cosa que ya no está –y que nunca podrá alcanzar, pues no se puede llegar a lo Otro de la forma en la que lo desearía–.

¿Cómo se lidia con esta tristeza? El texto plantea de forma sumaria la relación que esta pérdida originaria tiene con el lenguaje, siendo éste el fetiche de la pérdida: tal vez no pueda tenerlo todo, pero puedo decirlo, nombrarlo. La Nada y la muerte son el límite del sentido, «esa cosa imposible de significar», así como el Otro y su ausencia. El lenguaje depresivo –y aquí cabría la duda de si todo lenguaje lo es– es aquel que es consciente de la falta de vinculación lenguaje-objeto que mantiene el dominio sobre lo que no comprende a través de la depresión: «Mi afecto de tristeza es el último testigo mudo que tengo de que perdí la cosa arcaica de deseo omnipotente». Este dolor, como primera expresión de que el Otro se escapa, persiste a pesar de que haya una suerte de «armadura lingüística» en el discurso; y ese escaparse del objeto originario hace que sea imposible de traducir –y, por tanto, que el dominio del lenguaje sobre el mundo sea siempre imperfecto e insatisfactorio–: «El hombre occidental, por el contrario, está persuadido de poder traducir a su madre: cree ciertamente hacerlo, pero para traicionarla, trasponerla, liberarse de ella. Este melancólico  vence su tristeza por estar separado del objeto amado mediante un increíble esfuerzo por  dominar los signos a fin de hacerlos corresponder con vivencias originarias, innombrables, traumáticas. Más aún, y en definitiva, esta fe en la traducibilidad (mamá es nombrable, Dios es nombrable) conduce a un discurso fuertemente individualizado que evita los estereotipos y el cliché, y lleva a la proliferación de los estilos personales. Pero por ese camino desembocamos en la traición por excelencia de la Cosa única y en sí (de la Res divina): si todas las formas de nombrarla están permitidas, ¿no se disuelve la Cosa postulada en sí misma en mil y una formas de nombrarla? La traducibilidad desemboca en la multiplicidad de las traducciones posibles. El sujeto occidental, ese melancólico en potencia convertido en encarnizado traductor, termina sus días como un convencido jugador o como un ateo potencial. La creencia inicial en la traducción se transforma en creencia en el desempeño estilístico por el cual el más acá del texto, su otro, todavía originario, cuenta menos que el logro del propio texto.»

Kristeva ofrece, a partir de este análisis, dos vías para lidiar con esta tristeza: tres casos de la clínica (Hèlene, Agnes, Isabel, en el «Capítulo 3») y el análisis de la obra de cuatro artistas, comprendiendo al arte –del mismo modo que lo hace el psicoanálisis– como un procedimiento que permite lidiar con esta pérdida inherente al sujeto occidental. Para ello se apoya en las palabras de Freud y Benjamin y aplica sus teorías a la obra de Holbein, Nerval, Dostoyevski y Duras. Sin embargo, este libro no se plantea como un ejercicio de rigor sistemático o una herramienta de autoayuda. Ya en su primera edición apostaba por un conocimiento situado desde el mismo comienzo: «Escribir sobre la melancolía no tendría sentido para quienes la melancolía devasta si lo escrito no proviene de la propia melancolía», reafirmándose en la nueva introducción: «Me gustaría que aquellos que lean este libro puedan hallarse en él. No propongo una solución. (…) Pero que cada uno, cada una, pueda abrir la cicatriz o herida de su sufrimiento, ponerlos en cuestión y empezar a elucidarlos. Podrían ustedes hacerlo leyendo estas travesías de soles negros (…) y cerrar el libro, llevándose algunos destellos, para emprender las eclosiones posibles».

El Ayuntamiento de Cocentaina restaura 30 libros del registro civil del Juzgado de Paz


El Ayuntamiento de Cocentaina está restaurando 30 libros del registro civil del Juzgado de Paz que contienen información importante y valiosa sobre las raíces de una gran cantidad de familias de la población. La actuación empezó hace apenas una semana, supone una inversión de 700 euros y consiste en mejorar la encuadernación de los libros, a fin de evitar que continúen deteriorándose con el paso del tiempo.

El ejemplar más antiguo data de 1870, lo que indica, según ha manifestado la alcaldesa, Mireia Estepa, «el elevado valor de estos fondos documentales y patrimoniales contestanos».
Asimismo, los trabajos de restauración se están llevando a cabo en las dependencias del Juzgado de Paz, ya que los registros no pueden salir de su ubicación. Como curiosidad, fueron los propios responsables del área quienes se pusieron en contacto con el Ayuntamiento para solicitar ayuda para conservar dichos ejemplares.

En este sentido, Estepa ha recalcado que «nos estamos implicando y esforzando por mantener en el mejor estado posible todo nuestro fondo documental».

El cuento de la criada, Margaret Atwood

El cuento de la criada, plantea  un futuro horrible donde las mujeres casi no tienen derechos y todo se articula en torno a una religión inventada por los poderosos. La religión siempre causante de tantos totalitarismo es de nuevo la justificación junto con el miedo para imponer la perdida de las libertades. El miedo, los atentados y algunos accidentes medio ambientales hacen que los distintos países tomen diferentes medidas proteccionistas En el caso de este libro nos cuenta las medidas extremas tomadas por la sociedad de Gilead.

La novedad de esta novela ha sido para mi, que aunque hablamos de una historia ambientada en el futuro todo nos recuerda al pasado. Es como si en el futuro volviéramos a una comunidad  arcaica. Los uniformes de las criadas recuerdan las tocas luteranas. La sociedad se estructura en torno a la figura del hombre  y sólo unos privilegiados pueden tener familia y criadas. Las criadas son las escasas mujeres fértiles que no son propietarias de su cuerpo. Lo ceden a una determinada familia de los sectores privilegiados durante un tiempo con el fin de procrear para salvarse de una muerte segura. Lo peor que tampoco serán las madres de las criaturas que nazcan, eso si nacen sin deformidades. Lo mas curioso del libro es conocer cómo se articula esa situación familiar tan extraña, donde las mujeres se ven obligadas a convivir en una especie de harén donde cada una tiene su función. Es una distribución que recuerda a las sociedades islámicas en su desigualdad.
No hay caprichos ni lujos  y los poco privilegios existentes están en manos de los dirigentes. No quiero desvelar mucho de la sociedad que narra la historia porque en ir descubriendo poco a poco los pilares de esta sociedad es la clave de la narración. Lo mas terrible de todo es que a pesar de ser ficción no está tan lejos de la realidad y todo es sorprendente verosímil. Incluso la doble moral de los dirigentes que prohiben a los demás lo que se permiten así mismos.

Pessoa: "Diarios completos"

El buen lector no va a quedar defraudado, entre otras cosas porque, con el tiempo, Pessoa como escritor ocupa cada vez un lugar más importante en la historia de la literatura por cuanto pocos como él han sabido entrar en el verdadero interior del hombre, el atribulado, el confuso, el que duda como ejercicio crítico y metódico; lo propio del vivir de verdad. Atendamos si no: “Mi espíritu tiene algunas moléculas de bohemio que me permitirían dejar pasar la vida como algo que se escapa de las manos justo en el momento en que se siente la presión de la obediencia.

A veces pudiera pensarse que, a pesar del atractivo intelectual del Pessoa escritor, éste tiene algo que no propicia la lectura -actitud que, considerando la hondura ontológica de su obra siempre supondría duda, o contradicción. Más he aquí, en efecto, que el ‘mal’ de ese posible no propiciar la lectura radica, paradójicamente, en un bien: escribe con tal grado de sinergia hacia el lector sensible que, muchas veces con un solo fragmento de sus escritos ya tenemos suficiente para rememorar (rememorar-nos) durante varias horas. Algo que le ocurría también a otro encantador literario por antonomasia: Álvaro Cunqueiro.

¿Y eso es un defecto Yo no diría tanto; es un atributo. El genio es así.

domingo, 10 de diciembre de 2017

Érase ninguna vez, de Mario Migueláñez



Por Elena Paniaugua Rodríguez
(Universidad Francisco de Vitoria)



Mario Migueláñez González llegó a la literatura de la mano de la música. Desembarcó a las letras con "Tu chaqueta ya no me abriga" (Cuadernos del Laberinto. Madrid, 2016), y en este año que termina y bajo el mismo sello editorial ha lanzado "Erase ninguna vez" un poemario cargado de emotividad y ritmo.
Es Mario un poeta comprometido con su corazón, un dibujante de palabras que traza una línea perfecta entre el dolor y el amor. 

Hemos tenido la oportunidad de entrevistar al autor quien, amable y siempre con una sonrisa en los labios, nos narra los secretos de "Erase ninguna vez".
 
-En su último libro de poesía “Érase ninguna vez” (editorial Cuadernos del Laberinto) se centra, temáticamente, en el dolor que causan las relaciones de pareja. ¿Usa la escritura como analgésico?  
-Para mí, la escritura es una forma de terapia emocional, por tato, de algún modo se podría decir que sí, que me sirve para aplacar, en parte, el dolor del pasado. Cuando el corazón vuelve a su forma original una vez que ha estado encogido durante un tiempo, cuando de la ruptura y rotura se da paso a un futuro sin miedos, ni anhelos, se mira al pasado y con la mente ya relajada salen las palabras sobre el papel.
- ¿Cuál es el giro que ha dado desde “Tu chaqueta ya no me abriga” a “Érase ninguna vez”? 
-En el fondo mis libros hablan sobre los sentimientos que todos hemos tenido alguna vez en las aventuras del amor y el desamor. Ahonda en esas palabras que muchas veces callamos, o que ni siquiera podemos expresar, y que yo plasmo en los textos. El giro principal de mi primer trabajo a este último es un cambio de género; mientras que en “Tu chaqueta ya no me abriga” el lector podía percibir la musicalidad en mis textos de la prosa poética que “cantan” mis relatos, en este segundo trabajo he querido ofrecer algo nuevo al público escribiendo en su totalidad poesía pura. Creo que cambiar los registros te hace madurar como profesional en todas tus facetas de la vida, y en este caso como escritor. Acostumbrarse a la rutina no es nada bueno.
-Usted empezó su carrera artística como músico, exactamente como letrista y guitarrista. ¿Cómo fue el paso al folio en blanco y la decisión de publicar? 
-Bueno mi paso por la música es “de puntillas”. Empecé componiendo algunas melodías y letras en casa como cualquier joven de 18 años a los que le gusta tocar la guitarra, pero nada serio. Más tarde empecé a interesarme en mayor medida por la escritura, guardando relatos y pequeños poemas en mis cajones; hasta que tiempo después, volví a retomar esta actividad que había dejado pausada en mi vida una vez que volví a retomar la lectura y a empatizar con libros nuevos que estaban apareciendo en el mismo ámbito en el que yo me siento a gusto al escribir. Eso volvió a motivarme de nuevo y coger lápiz y papel, y como consecuencia de mi buena relación con la editorial, a desarrollarlo en “modo serio”.

- ¿Su poesía está dirigida a los jóvenes? 
-Realmente no escribo para ningún público en concreto. Nadie que no sea comercial creo que lo haga; uno escribe para sí mismo y si consigue llegar al público eso es lo mejor. Creo que siempre hay que ser fiel a uno mismo y eso es lo que yo hago con mi trabajo, pongo encima de los textos mi corazón y creo que eso a la gente le gusta. 



- ¿Cómo se aprende a escribir poesía? 
-Pienso que esto es imposible de definir. Escribir poesía, como realizar cualquier otra actividad artística, es algo para lo que una persona tiene que tener una habilidad especial. Esto se nota en los textos, en los cuadros, en las canciones. No todo el mundo es válido para escribir poesía, al igual que yo sería incapaz seguramente de construir una casa. Con el tiempo puedes estudiar y mejorar la técnica, cosa que obviamente todos tenemos que hacer, pero tiene que haber algo innato en el individuo que le haga crear este tipo de cosas; los versos nacen del interior de uno mismo, y ese proceso pienso que es imposible de aprender, más bien, se crea.
- ¿Qué le pediría a la vida? 
-A la vida le pediría dos cosas: paz y sinceridad con uno mismo y con el resto del mundo. Hagamos las cosas bien, creo que cuesta lo mismo, pero tienen un valor infinitamente mayor.
-Recomiéndenos una película, un libro y su rincón favorito de Madrid. 
-Creo que recomendar una película solo es muy difícil, ya que muchas de ellas te han marcado alguna época de tu vida. Por ejemplo, algunas películas clásicas que hay que ver son “Forrest Gump” por ser como la vida misma o “El Show de Truman” por el guion tan original que tiene. Por los viejos tiempo “Grease” e imprescindible para románticos “El Diario de Noa” (a algunos chicos también nos gustan este tipo de películas).
Un libro, en este caso lo tengo más fácil, porque siempre digo lo mismo y me repito. Este es el libro que me incitó de nuevo a coger lápiz y papel, y lleva por título “En un mundo de grises” de Sergio Carrión. Un libro triste, que narra en pequeños relatos las tristezas del amor, un libro bien pensado y mejor escrito que toca en profundidad con una prosa para mí especialmente mágica.
Un rincón favorito de Madrid, el Templo de Debod al atardecer, un paseo por los rincones del Madrid de los Austrias una noche de verano. Un pueblecito de la Sierra del Rincón en otoño: paz para el alma y la mente.

 COBARDÍA
Te escondes
tras la cobardía
de quererte tú
antes que a mí.
Y yo,
haciendo lo contrario.
 
Al final
acabé naufragando
con el corazón roto
pero contento.

 
YA ESTOY MEJOR
Tocar fondo,
subir,
salir a la
superficie
y ver el sol.
 
No estás aquí
ya estoy mejor
aunque suba y caiga infatigablemente
en esto que llaman amor.


Más información:
http://www.cuadernosdelaberinto.com/Berbiqui/erase_ninguna_vez.html